(escribo este post en domingo. Ha sido difícil ponerme seria estos días, pero lo tomo como terapia. Espero que me perdonéis la trampa).
El lema de nuestro Dojo es El cielo no tiene límites. Nos inclinamos ante el lema cada vez que empezamos o terminamos un entrenamiento.
¿En qué estarían pensando mis sensei y mis senpai cuando pronunciaron esa frase? Me lo pregunto tras días como el de hoy. ¿Puede mirar al cielo alguien que necesita ayuda de otros para llegar hasta el lugar de práctica? Es curioso que en el último año, el demonio de mi interior nunca (o casi) me haya impedido ir a trabajar, por ejemplo. Sólo me fallaron las fuerzas cuando el año pasado tuve que echarme tres empleos y la cosa se desmoronó sola. Pero a cualquiera le habría podido el stress. Sin embargo, yo seguía trabajando. En los peores días iba a clase, derrochaba la energía, volvía a casa, y me hundía en la cama hasta el día siguiente.
Y sin embargo no acudía a Kendo. El año pasado llegaba a quedarme enfrente de la puerta del Tora durante un rato y al final me iba al metro. Después, simplemente, dejé de ir hasta que los amigos se turnaban para llevarme hasta el metro o acompañarme. Y mira que esto me gusta, me apasiona, me implica tanto emocionalmente… Pero es probablemente la fobia más gorda que tengo.
La antigua medicación no mejoraba las cosas. El último año tenía que meterme uno o dos anxiolíticos antes de cambiarme si quería quedarme allí. A veces me paralizaba y no era capaz de hacer los ejercicios.
He estado varias semanas sin ir a entrenar. P-sensei y mis compañeros del turno de mañana saben que estoy enferma y me cuidan mucho, pero he acabado sintiendo esa simpatía como una carga más que como un acicate para seguir. Sobre todo porque cuando no llego a tiempo a la mañana y me las arreglo para ir al entrenamiento de la tarde, tengo que lidiar con varios kendokas que no quieren entrenar conmigo. Algunos competidores no pierden el tiempo.
Este ha sido uno de esos días. Tras la pesadilla de ayer, he pasado la mañana descansando y limpiando algunas cosas que quedaron por arreglar en casa, con todo el follón. No me atrevía a ir a entrenar.
Me he pasado el día buscando alguien que pudiera llevarme, o acercarme al menos al metro, pero precisamente hoy a nadie le daba tiempo a ir a buscarme. Al. intentó acercarse, pero era quizá la que peor lo tenía, cargando con la maleta del curso de Valencia hasta Vallekas y de vuelta. Me exigió verme en la puerta del Dojo en media hora… y tuve que obedecer (¿cómo voy a tener autoridad moral, si no, para que ella siga su tratamiento cuando le toca estar en su propio pozo?).
Sí, fue un paso. Ir a entrenar con una dosis más de Dorken y cumplir una hora entera sin bloqueos. Pero no estoy tan segura de que por eso sólo el cielo no tenga puertas.
Entrené. No tenía bogu que ponerme. No podía distinguir mi mano derecha de mi mano izquierda. No podía memorizar los ejercicios y me limité, la mayor parte del tiempo, a ayudar a mis compañeros, siempre que no evitaran entrenar conmigo: por culpa de eso hubo que interrumpir la clase una vez. Habría querido pasar inadvertida y seguir trabajando con los niños pequeños. No es agradable que te pase una cosa así cada tarde.
Me fui de clase sintiendo que el cielo sí tiene límites. Que se desploma sobre mi cabeza cada vez que paso por una recaída sintomática; y no me consuela haber superado el tremendo esfuerzo que supone preparar la bolsa, subir al metro y al autobús sedada y, a pesar de ello, hiperventilada por el pánico. P.-sensei y Ómen me dirían que eso es mucho. Pero yo no lo siento como tal. No hoy. Aunque, a pesar de todo, mañana monte otra vez el operativo para poder estar a las 10 donde debo, golpeando contra las paredes de mi cielo personal.
26 Febrero, 2007 at 5:17 pm
Es que, lo quieras o no, SBT, es mucho.
Por mucho que cueste (y no soy el mejor ejemplo ahora mismo) si superamos nuestros miedos, problemas, complejos y lo intentamos con todas nuestras fuerzas, es un trabajo del que enorgullecernos, en nuestra búsqueda de la Ten no Mon
;D