En algunos momentos te das cuenta de que algunas cosas cambian en ti. Ayer me ocurrió durante el entrenamiento.


Sonkyo
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La posición de Sonkyo es el saludo tradicional de Kendo al comenzar y terminar cada entrenamiento, y en cada combate. Durante cada clase podemos hacer una media de diez o más inclinaciones en cuclillas: supongo que soy la única que las cuenta porque soy la única de mis compañeros que tiene pies planos, vértigo y obesidad.

Ayer acudí a un entrenamiento extra con Tatsu-senpai y otros miembros del Dojo que no son mis compañeros habituales. Fue una clase intensa. De esas largas que no se hacen largas. Del tipo de clase que disfrutas de una forma especial, en las que, en un momento, eres consciente de lo que estás haciendo y sorprendes a tu cuerpo moviéndose. Se desliza por la tarima, lanza un corte de espada, detiene un ataque. Y resulta que eres tú.

No es que no recibiera una manta de palos, claro. Pero saben mejor los de Tatsu-senpai :)

Hace dos años contaba aquí cómo me reía de mi propia torpeza. Me resulta raro contar lo contrario y hablar de aquellos tres combates en los que me descubrí sosteniendo, golpeando, venciendo. Respetándome. Aunque técnicamente no ganara ninguno.

Y al final de cada uno, hice Sonkyo. El movimiento en el que nadie repara. En el que yo siempre me caigo.

Algunas veces nos damos cuenta de que estamos caminando porque vemos la punta de nuestro pie, o el cambio de la respiración, o incluso el polvo que levantamos. Y entonces somos conscientes de la totalidad de los movimientos. Sonkyo, Kendo, Vivir. Eso me pasó ayer. Y me encanta.

(este post se publica simultaneamente en Budo Zanshin)