Bluething PhD


Hay oradores que hablan un día, y son buenos.
Hay otros que se preocupan de saber quién tienen delante, y son mejores.
Hay otros cuyo ego sale por los apuntes desenfrenadamente, y son muy buenos.
Pero los hay que sueltan por la boca lo que ya no les escucha ni la parienta:
esos son los imprescindibles.

Y así tuvimos de conferenciante de clausura del Master a un cineasta global (“no quiero llamarme director, prefiero considerarme cineasta porque hago de todo”) que, a pesar de su discurso, su oratoria, su sabiduría estética y consejos como estos,

“Quisiera empezar pidiendoos perdón, pues no soy guionista”
“La escritura está a nuestro servicio: los personajes no”
“Dejaos sorprender por los personajes”

…rizó el rizo del bocachanclismo con varias frases que tengo enmarcadas en la pizarra desde ayer.

“Todos estos autores… cómo decirlo… ya sabeis: norteamericanos

“Yo no leo guiones. No escojo guiones: escojo directores. El guión ya vendrá”

“Confiad en vuestro arte [...], da igual que trabajeis de camareros o de guionistas de televisión, pero que eso no interfiera con una vocación verdadera”

Y la inefable frase final: “en el futuro desaparecerá el guión”.

Por prudencia, y esperando que fuera simplemente un mecanismo de provocación intelectual, no le respondí que la democratización de la tecnología estaba haciendo temblar, primero que ninguna, la silla del director, y que amarrara sus machos globales.

Tampoco le dije que Jean Luc Godard dijo lo mismo a principios de los años 60. Es más, Goddard dijo que el guión había muerto esa década. Porque creo que sabe ambas cosas: que lo dijo hace 50 años otro y que nuestro cadáver goza de mejor salud que algunas obras de vocación verdadera.

El jueves terminamos las clases regulares del Master. Quedan una magistral, una tutoría y el pitching.

Da vértigo concluir. Ahora ya no tengo excusas.

Estoy pasando las mañanas en las Jornadas Comunicar en la web social que se celebran hoy y mañana en la Universidad Carlos III.

Comentarios, citas e impresiones, aquí, via Twitter.

Estoy pasando las mañanas en las Jornadas Comunicar en la web social que se celebran hoy y mañana en la Universidad Carlos III.

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Hemos tenido dos clases de Master dedicadas al psicoanálisis para su aplicación en la creación de personajes.

Nos ha impartido un arquetipo andante: porteña, ashkenazi, freudiana y amante de Woody Allen. Las recomendaciones de lectura han sido más que interesantes, pero no había manera de que esta buena mujer se mojara.

- ¿Entonces, qué cura el psicoanalista?

- Nada, en realidad. El psicoanalista deja que el inconsciente hable y, con el tiempo, el paciente cambiará en su forma de ver las cosas.

No sé si a mi compañera le ayudó la respuesta. Yo pregunté cómo se lleva a cabo un diagnóstico (ya que especificábamos que no es lo mismo una neurosis que una psicosis). La ponente me “confesó” [sic] que no podía darme una respuesta certera, lo cual es, por otra parte, de agradecer.

Lo que me pareció directamente obsceno fue la alusión a la psicoterapia de otras escuelas:

- En estos tiempos que vivimos, de las soluciones fáciles, del todo rápido, es muy gratificante la psicología, la palmadita en la espalda y el sentirse bien.

Les conté a mis fascinados compañeros que muchos nos preguntamos qué sentido tiene la psicología, la medicina en general, si no es el bienestar del paciente. Qué sentido tiene, les decía, para las personas que se orinan, que no se pueden lavar sin ayuda, que no pueden respirar, que no pueden dejar de comer aunque empiecen a asaltar el congelador y atacar carne y pescado crudos, que se cortan en las manos, que fantasean con el suicidio, tirarse diez años psicoanalizándose a cien euros la sesión.

- Pero Blue, esas cosas no se van a curar en dos días.

- Ciertamente. Pero si no te queda paciente que tumbar en el diván, tú me dirás cómo lo hacen.

Les cuesta entender que la superación del trauma, para muchos de nosotros, puede ser algo secundario.

Últimamente las preguntas que hacemos a los profesores en el Master son de este tipo. También corregimos a los profesores sobre lo que deben o no deben dar según el calendario de Secretaría, no según lo que más saben de la materia o no. Incluso cuando, como hoy, tenemos ante nosotros a especialistas.

Hoy han interrumpido una clase básica de formatos de TV para indicar que ya nos habían hablado de sitcoms a lo largo del curso.

- ¿Esto hay que ponerlo en la escaleta? Porque ya lo hemos dado. Pero si vas a decir algo nuevo, sigue.

Llamenme tonta redomada o Asperger wannabe. Pero no entiendo por qué hay compañeros del grupo que me han excluido de una nueva práctica de rodaje para que pueda apadrinarla la profesora invitada, y eso que la buena mujer probablemente ni se acuerda ya de mí; y que se permiten cantarle las cuarenta a otra por hablar, una segunda vez, de duraciones de formato.

Pues el jartón de las dos últimas noches me ha sentado más bien regular: hoy ya era incapaz, después de la primera página de un ejercicio nuevo, de escribir ni una coma más. Y eso que la situación la tengo en la cabeza.

Hay cosas de mi profesión que no entendía antes de empezar el Master, y que cuando acabe entenderé menos todavía.

No entiendo clases en las que el ponente habla de que hay en el grupo “unos pocos con talento” que probablemente trabajarán en su compañía en el futuro, ya que para eso [sic] vienen los profesionales a darnos clase. Si realmente ha cazado un talento, que se lo diga al talento; o que lo diga en público, para animar a los demás. Pero jugar a ser Gila [4:38] ¿qué nos aportará como guionistas? ¿No enseñará a ser más simpáticos con el cacique de turno para que nos dé una oportunidad?

Precisamente, uno de los cuatro trabajos de los que hablaba ha salido del Master. No sé si al final me contratarán o si la producción tirará para delante _de momento, está pospuesta hasta el otoño_. Mi tutor no se escondió para ofrecerme esa oportunidad. Y si la película hubiera sido otra le habría ofrecido la posibilidad a otro, porque ninguno de los cinco compañeros de mi módulo escribimos igual, ni escribimos sobre lo mismo. Mientras tanto, tengo que enfocarme en los otros tres, a ver qué sale de alguno de ellos. Puede que ninguno de los cuatro llegue a puerto. Puede que ninguno de los cuatro llegue a pre-producirse siquiera y, de contar conmigo, ni siquiera llegue a cobrar el trabajo previo. Esta profesión es así a menudo.

¿Contribuye a que nos sintamos más seguros, más dueños de nuestro trabajo, decir que unas pocas mentes brillantes tendrán la oportunidad de ser becarios una temporada y luego trabajar en una productora? ¿No sería más lógico darles directamente la oportunidad, más sano para todos?

¿Contribuye en algo que cada semana, cada nuevo ponente ponga a parir al ponente anterior, o al director del Master, o al ponente de hace tres meses, o a nuestros profesores de Facultad?

¿En qué ayuda al sindicato de guionistas recién nacido que una de sus cabezas cuente las miserias de la otra durante su clase? ¿Es la mejor forma de convencer a los nuevos guionistas de que se afilien?

No sé si a mí me ayudará en algo el que en noviembre me dijeran que mi escritura es la peor del grupo. Me sentó a cuerno quemao, como es natural. Pero me protegió contra esta semana: no siendo brillante, no va conmigo. Ya encontraré trabajo. O no. O tendré que esforzarme más para camuflar mi falta de talento.

Pero el lunes vi muchas malas caras. Como una es así, pensé que tenía que ver conmigo. Puede que así fuera. Pero me temo que hay una epidemia de estrés y frustración importante entre los otros alumnos, y no creo que estas perlas de sabiduría les ayuden.

Hay cosas de mi profesión que no entendía antes de empezar el Master, y que cuando acabe entenderé menos todavía.

No entiendo clases en las que el ponente habla de que hay en el grupo “unos pocos con talento” que probablemente trabajarán en su compañía en el futuro, ya que para eso [sic] vienen los profesionales a darnos clase. Si realmente ha cazado un talento, que se lo diga al talento; o que lo diga en público, para animar a los demás. Pero jugar a ser Gila [4:38] ¿qué nos aportará como guionistas? ¿No enseñará a ser más simpáticos con el cacique de turno para que nos dé una oportunidad?

Precisamente, uno de los cuatro trabajos de los que hablaba ha salido del Master. No sé si al final me contratarán o si la producción tirará para delante _de momento, está pospuesta hasta el otoño_. Mi tutor no se escondió para ofrecerme esa oportunidad. Y si la película hubiera sido otra le habría ofrecido la posibilidad a otro, porque ninguno de los cinco compañeros de mi módulo escribimos igual, ni escribimos sobre lo mismo. Mientras tanto, tengo que enfocarme en los otros tres, a ver qué sale de alguno de ellos. Puede que ninguno de los cuatro llegue a puerto. Puede que ninguno de los cuatro llegue a pre-producirse siquiera y, de contar conmigo, ni siquiera llegue a cobrar el trabajo previo. Esta profesión es así a menudo.

¿Contribuye a que nos sintamos más seguros, más dueños de nuestro trabajo, decir que unas pocas mentes brillantes tendrán la oportunidad de ser becarios una temporada y luego trabajar en una productora? ¿No sería más lógico darles directamente la oportunidad, más sano para todos?

¿Contribuye en algo que cada semana, cada nuevo ponente ponga a parir al ponente anterior, o al director del Master, o al ponente de hace tres meses, o a nuestros profesores de Facultad?

¿En qué ayuda al sindicato de guionistas recién nacido que una de sus cabezas cuente las miserias de la otra durante su clase? ¿Es la mejor forma de convencer a los nuevos guionistas de que se afilien?

No sé si a mí me ayudará en algo el que en noviembre me dijeran que mi escritura es la peor del grupo. Me sentó a cuerno quemao, como es natural. Pero me protegió contra esta semana: no siendo brillante, no va conmigo. Ya encontraré trabajo. O no. O tendré que esforzarme más para camuflar mi falta de talento.

Pero el lunes vi muchas malas caras. Como una es así, pensé que tenía que ver conmigo. Puede que así fuera. Pero me temo que hay una epidemia de estrés y frustración importante entre los otros alumnos, y no creo que estas perlas de sabiduría les ayuden.

Me llegan, además de los correos sobre la chupa extremeña, algunos igualmente estrambóticos, si no más. No diré de quiénes son por dos razones:

  1. Implican a un hermano y compañero (aunque satelital) de la Junta, y a un profesor que ha sido de servidora en varias ocasiones.
  2. Desconozco el asunto más allá de la lluvia de correos, y estaría dispuesta a creer ambas versiones.

La cosa ha sido una Justa de Egos de máximo nivel, con copia a todos los que hemos recibido el primer e-mail. Del clásico “se-rieron-de-mi-tesis-y-ahora-escriben-un-libro-y-no-me-citan”, que puede ser, ya digo, una verdad como un templo, he asistido con sorpresa a la respuesta airada del profesor: “tu-tesis-era-una-mierda-y-además-de-ti-ya-ni-me-acuerdo”. Un intercambio que podría ser ilustrativo, incluso interesante por el tema de fondo _revisar o no la poesía andalusí_. Pero que no es más que una pelea de gallos, o de pollos, más bien, por lo infantil de ambos.

Lo más triste es que mi hermano lleva con la marca de ese tortazo desde 2002, y todavía le duele. No ha intentado llevar adelante su trabajo en otra Institución, que yo sepa, o darle la vuelta.

A la vez, recibo este correo de Doc:

No sé si te va a gustar lo que te voy a decir, pero uno no puede vivir todo el tiempo con el mundo sobre la espalda. A veces hay que tragar sacos y culebras y ver cuales son tus intereses reales. A veces no hay que contestar a la provocación o hay que esperar a hacerlo cuando estés en una posición más ventajosa. No digo que no tengas razón, solo que uno no puede ir siempre a cuchillo con todo lo que la gente dice, porque le faltaría vida para pleitos.

En la cabeza no, que estoy estudiando.

La cosa es que, aunque la actitud de la Dirección del Master, tras comprobar via Herberwest que efectivamente lo que he contado ha ocurrido de verdad; y me han prometido que darán un toque de atención a la profesora visitante. Tras comprobar via mi productor que daño, lo que se dice daño profesional, esto podría hacerme técnicamente poco (“¿pero cuántos años tiene?”); y eso sosteniendo que lo que daña al honor lo arregla una subvención a proyecto…

No quiero estar dentro de siete años teniendo una conversación estéril con copia sobre libertad de expresión y locura, mientras en la Sanidad Pública, por poner, nos siguen drogando y censando. Me perjudicará a mí y también a otros que ni siquiera llegan a los Templos del Saber.

Tras comprobar todo esto (y siendo consciente de que si estamos a las conferencias sobre locura en Canarias hay que estar a las peleas de barro), declaro que mi esposo y mi amigo tienen más razón que un santo, y que va siendo hora de que el relevo de las hostias lo coja otro.

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