Hay oradores que hablan un día, y son buenos.
Hay otros que se preocupan de saber quién tienen delante, y son mejores.
Hay otros cuyo ego sale por los apuntes desenfrenadamente, y son muy buenos.
Pero los hay que sueltan por la boca lo que ya no les escucha ni la parienta:
esos son los imprescindibles.
Y así tuvimos de conferenciante de clausura del Master a un cineasta global (“no quiero llamarme director, prefiero considerarme cineasta porque hago de todo”) que, a pesar de su discurso, su oratoria, su sabiduría estética y consejos como estos,
“Quisiera empezar pidiendoos perdón, pues no soy guionista”
“La escritura está a nuestro servicio: los personajes no”
“Dejaos sorprender por los personajes”
…rizó el rizo del bocachanclismo con varias frases que tengo enmarcadas en la pizarra desde ayer.
“Todos estos autores… cómo decirlo… ya sabeis: norteamericanos“
“Yo no leo guiones. No escojo guiones: escojo directores. El guión ya vendrá”
“Confiad en vuestro arte [...], da igual que trabajeis de camareros o de guionistas de televisión, pero que eso no interfiera con una vocación verdadera”
Y la inefable frase final: “en el futuro desaparecerá el guión”.
Por prudencia, y esperando que fuera simplemente un mecanismo de provocación intelectual, no le respondí que la democratización de la tecnología estaba haciendo temblar, primero que ninguna, la silla del director, y que amarrara sus machos globales.
Tampoco le dije que Jean Luc Godard dijo lo mismo a principios de los años 60. Es más, Goddard dijo que el guión había muerto esa década. Porque creo que sabe ambas cosas: que lo dijo hace 50 años otro y que nuestro cadáver goza de mejor salud que algunas obras de vocación verdadera.